Remolcadores de nuestro tiempo: La figura del consultor

Cada vez que ando por un aeropuerto o paseo por un puerto marítimo importante no puedo evitar fijarme en ellos: pequeñitos, ágiles, muchos con aspecto de tener muchas horas de trabajo a sus espaldas y siempre disponibles, haga bueno o haga malo, esté la mar o el cielo como esté. Desempeñando su actividad como pequeñas hormigas. En un aeropuerto la sombra del avión les hace pasar completamente desapercibidos, ni siquiera los vemos mientras nos remolcan fuera de la zona de embarque, pero ahí están, moviendo continuamente aparatos de toneladas, cientos de veces más grandes que ellos:

En un puerto pasa lo mismo. Son barcos anodinos, el lustre y majestuosidad de cargos y cruceros no admite comparación con la imagen de estas embarcaciones ajadas y curtidas, dispuestas a echarse a la mar siempre, esté como esté:

Y enseguida me saltan las analogías y pienso en la figura del consultor, cualquiera que sea tu especialidad. Aquí somos un poco igual: remolcadores de nuestro tiempo. Juntándonos a grandes estructuras, con muchísima potencia y músculo pero incapaces de hacer ciertas cosas de forma independiente. Nos unimos a ellas temporalmente y tratamos de darles todo el apoyo y sinergia posible, buscando el éxito de cualquiera que sea el proyecto.

Nuestro rol es transparente, desapercibido cuando todo está acabado, no lleva ni nuestra firma, pero sabes que, de alguna manera, estás ayudando a miles de personas a que el mundo funcione mejor. Como los remolcadores que apenas apreciamos y que diariamente, sin parar, están ahí ayudando a que las grandes estructuras se muevan por el mundo.