Si sales a darte una vuelta por algunos puntos de nuestras ciudades verás que hay una serie de líneas especiales sobre las aceras, como la foto que ilustra este post. La primera idea que se le viene a uno a la cabeza es que sirven para orientar a personas con alguna discapacidad visual por la ciudad, pero a mi me da que tiene que haber una cámara oculta por algún sitio.

En la imagen trato de destacar la ruta que hace la mayoría de los peatones y la que sugieren estas guías. No acabo de entender por qué estas personas no sólo tienen que seguir una ruta distinta a la que sigue el resto de peatones, sino además una ruta completamente ortopédica: con líneas rectas y cambios de dirección de 90º, como si fueran robots. Por un lado se habla de integración y por otro estas personas, cuando pasean o van a su lugar de trabajo, tienen que hacerlo no sólo separados del resto, sino además realizando unas rutas completamente ridículas y hasta peligrosas, como este otro ejemplo, cuya guía te orienta directamente hacia un desnivel de varios metros para luego hacerle girar 90º y contornearlo (??¿?):

Es cierto que, quien emplea un bastón para orientarse anda con cierta separación de estas guías, pero a pesar de todo, necesita hacer esos ridículos cambios de dirección, casi humillantes. ¿No hay guías más naturales? ¿No hay alguna posibilidad de que no consistan sólo en líneas rectas y giros de 90º? En el fondo me temo que la respuesta es no. Y la razón está en que el diseño de estas guías se basa en una “retícula” pésimamente diseñada, que es la acera española, y el diseño de las losas que componen estas aceras hispanas provoca que tengamos que condicionar la funcionalidad de algunas cosas tan importantes como guiar a las personas con visibilidad reducida.

El diseño de este tipo de soluciones, tan necesarias para algunas personas, debería estar implementado de tal manera que resultara algo sencillo, amigable, pero sobre todo que los gestos y el esfuerzo necesarios para utilizar estas guías surguiesen de forma espontánea y natural, que casi ni se notase que alguien anda orientándose sobre esas guías.

Ya hablé en su momento de nuestras aceras. Por si quieres darte una vuelta.
Y sobre Wayfinding también se comentó algo en esta casa.

No sé si alguien de los de arriba, de los que dirigen este país, se ha parado a pensar en los riesgos que suponen los rádares que instalan en las carreteras.

Supongo que, como viajan en coches oficiales – con chófer – los desconocen, pero voy a intentar contarlo aquí, para que sepan cómo se comporta el conductor medio español cuando coge su coche y se pone en carretera. A groso modo:

  1. Lo más normal es ir un poco pasado de velocidad, tampoco mucho, incumpliendo la norma hasta el límite de tolerancia, es decir el punto justo donde no te multan pero que te permite ir un poco más rápido. Así somos.
  2. Cuando ves el aviso del radar, a través de sus múltiples señales , disminuyes la velocidad para ceñirte justo a ese límite. Estos avisos no tienen ningún sentido, obviamente: precisamente si avisan de que hay un radar en la zona hasta con 3 señales antes del mismo, muy inútil tienes que ser para que te cojan cometiendo una infracción. Pero eso ya es otra historia.

  3. Pasado el radar, cuando empiezas a ver que los coches aceleran, te lo indica tu GPS (actualizado con los últimos rádares) o ves que has pasado la caja verde, regresas a la velocidad de crucero que llevabas antes del radar, por encima del límite. Y así hasta llegar a tu destino.

En la acción de conducir se dan dos interacciones netamente definidas: la del humano con el vehículo, principalmente a través del volante (interacción táctil) y la del entorno con el humano, a través de señales visuales (interacción visual).

En la actualidad, el feedback sólo viene dado por lo que esas señales visuales avisan, ya que el vehículo de hoy, más insonorizado y estable que nunca, no transmite esa sensación de peligro que los coches con más solera transmitían (os acordáis de cuando temblaba el volante cuando pasabas los 110km/h?), en su momento hablé de ello en otro post sobre el Ruído Comfort. Básicamente el feedback táctil se ha perdido y ahora sólo nos queda el feedback visual.

Ahora nos limitan la velocidad con rádares, y aunque los vehículos modernos ya tienen limitador de velocidad, el conductor acaba por estar más pendiente del velocímetro que del entorno, que es lo que de verdad importa. Que estés más atento a un reloj con una aguja que de lo que ocurre fuera mientras conduces me parece francamente peligroso, y si encima es de noche o dentro de un túnel ya ni os cuento.

Algunas ideas a este respecto:

  • La primera es volver a ofrecer feedback en el volante, el único elemento que está en permanente contacto con el humano. Un volante que indicase de alguna manera, sobre su textura, la velocidad a la que vamos, que con sólo pasar el pulgar sobre el mismo volante tengamos claro a cuánto vamos, sin tener que bajar la vista al salpicadero.
  • La otra es crear un nuevo modo en el vehículo, que permita programarlo y adecuarlo a la velocidad límite del país por el que circulas: País en el que circula: España -> 110km/h, Francia -> 130km/h, Alemania -> Sin límite…
  • La tercera es la más sencilla de todas: que el coche venga limitado con velocidad de serie. ¿Qué sentido tiene poder alcanzar los 240km/h cuando lo permitido está por debajo de los 140km/h? Está bien tener cierto margen de velocidad para ciertas maniobras de emergencia, pero más allá de los 180 es pasarse de rosca.

A excepción de la solución volantil, en la que estaría encantadísimo de colaborar, las otras son tan sencillas y económicas que a uno le cuesta entender porqué no están funcionando desde hace tiempo. No quiero imaginarme lo que nos ahorraríamos en rádares fijos, en rádares móviles, en señales de avisos, en controles o en otras mandangas varias…

Mis visitas a clientes suelen incluir también un breve recorrido por los alrededores del entorno donde se trabaja. Pura curiosidad.

Muchas veces están ubicados en viveros y parques empresariales, donde todo tiene poco uso, a veces casi a estrenar. En esos espacios es donde supuestamente se aplica ese concepto denominado “Edificio inteligente”. Lo cierto es que de lejos muchos imponen: se entremezclan diseños varguardistas con espacios minimalistas, todo ello conceptualizado con una suerte de automatismos que hacen más eficiente el mantenimiento del edificio y su entorno.

Pero en muchas ocasiones, el día a día de los que usan el edificio es muy distinto. En muchas ocasiones el diseño no responde a muchas de las necesidades que tienen los que lo visitan de forma continua. Y se nota la mano “chapuzilla” del ser humano, que trata de mitigar errores que deberían haber sido identificados mucho antes de construir el edificio.

Este tipo de carteles es un clásico en las entradas de muchas oficinas, en sus distintas variantes. Cerrar la puerta porque: “entra humo de tabaco”, “porque huele a comida”, “porque hay ruído fuera”, “por el aire acondicionado”…):

Otro ejemplo de mal diseño son los grandes ventanales, alicatados con hojas de periódicos para que no entre el sol por la mañana/por la tarde, o te mueras de calor en verano (especial mención a esas hojas que con el tiempo se han tornado amarillentas, dándole más caché al espacio):

A veces le echan la culpa a las puertas, y entonces, en estos edificios inteligentes nos encontramos también con puertas inteligentes, capaces de hacer lo imposible: abrirse y cerrarse. Lo malo es que también llevan instrucciones, normalmente escritas a mano, con mensajes imposibles para hacer algo que debería ser lo más sencillo del mundo: abrir y cerrar una puerta. En este ejemplo las instrucciones de la puerta nos prohíben cerrarla después de abrirla, porque es que se cierra sola:

Al estar cerca de autopistas, radiales y vías rápidas resulta francamente difícil estacionar tu vehículo si eres visitante. De tal forma que en más de una ocasión encontrarás a gente por la mediana de la calzada tratando de llegar al otro lado, de esta guisa:

¿En qué piensan estos edificios inteligentes? ¿En ellos mismos o en los que lo habitan? No soy arquitecto, ni pretendo serlo, pero me parece que aparte del “Efecto Wow” que muchos arquitectos buscan, también deberían bajar sus planos a tierra y ponerse en la piel de los que van a usar dicho espacio. Así no me extraña que mucha gente acabe cansada y desmotivada. El espacio de trabajo es algo que hay que tener también en cuenta.

Una de las principales aficiones de esta casa es la de conocer en profundidad la interacción que se genera entre nosotros los humanos y las máquinas.

Pero por debajo de esa interacción persona-máquina existe una capa silenciosa, casi invisible, de interacciones entre las propias máquinas que actúan en sinergia para ayudar a los humanos. Y en el mundo de la automoción existen un montón de buenos ejemplos.

Hablemos de interacciones transparentes:

La foto de ahí arriba es la “llave” de mi coche. No es una llave al uso, pero cada vez con más frecuencia las llaves de nuestros vehículos tienden a adoptar esta forma (aunque sigamos llamándolas “llaves”), así pueden almacenar en su interior todo lo necesario para poder realizar funciones que nos ayuden. Una de las acciones que más me gusta de esa llave es la de poder abrir cualquier puerta del coche sin tener que preocuparme en qué bolsillo anda, las puertas se abren nada más tocar el tirador. Cuando estás con las manos cargadas de cosas es agua bendita.
También ayuda no tener que meter la llave en ningún sitio para arrancar el vehículo, o que ni siquiera exista un freno de mano, y que este se active en cuanto paras el vehículo.

Existen también otras interacciones entre máquinas que tienen más que ver con la seguridad en la conducción, como el ABS, la amortiguación inteligente o incluso la dirección asistida: todos estos detalles funcionan de forma transparente, desconocemos qué es lo que pasa ahí dentro y poco podemos hacer para desactivarlas, sólo sabemos que están ahí para ayudarnos y hacernos la vida más sencilla. Es pura tecnología al servicio del humano, como si fueran nuestros esbirros, ¿no es genial?

A lo mejor muchas de las interacciones que a día de hoy conocemos deberían funcionar de esta forma, completamente transparentes. Estoy seguro de que nos ahorraríamos muchísimos dolores de cabeza.

Hace unos días el amigo Ignacio Buenhombre y yo mismo estuvimos conversando sobre algo que nunca imaginé que podría llegar a ocurrir: en Internet el concepto de marca prácticamente ha desaparecido.

Y no puedo estar más de acuerdo. Date una vuelta por ahí y verás lo que quiero decir, fíjate en los logos de muchas start-ups: son diminutos, sencillos, sin pretensiones. El objetivo es tan sólo que el usuario te asocie a su interfaz y que recuerde tu nombre rápidamente, nada más. Peor aún, pásate por sus versiones móviles: nunca el logo ha sido tan pequeño, a veces incluso se esfuerzan en abreviarlo para dejar paso a lo que a día de hoy es la marca en Internet: el copy, las transiciones, la velocidad de la interfaz, la interacción que se genera, el feedback… ¿Dónde está la marca?

Nadie podría pensar años atrás que estos ingredientes tendrían más peso que la propia marca y que ellos fueran los principales protagonistas de este mundo digital. Estoy seguro de que es tan sólo una cuestión de saber adaptarse a estos tiempos que corren, entender cómo funciona el canal y conocer las necesidades del usuario en Internet, que creo que es el principal problema.

Pásate por las versiones móviles de las algunas agencias de comunicación y entenderás rápidamente qué es lo que quiero decir cuando hablo sobre entender el canal y las necesidades del usuario…

¿Os ha pasado alguna vez? Salir de casa con la típica maleta de ruedas y nada más pisar la acera empezar a escuchar ese traqueteo rueda/acera, que te hace pensar que igual estarías mejor caminando por el asfalto, para no llamar tanto la atención.

Yo no suelo gastarlas, pero cada vez que veo a alguien, sobre todo si es a primera hora de la mañana o bien tarde, pienso en el vecino que está descansando y que de repente se tiene que tragar esa bachata que monta el viajero que pasa bajo su portal. Con la maletita de ruedas. La faena no es sólo para el que descansa, sino para el que porta la maleta, que va diciendo a todo el mundo “eh, que me marcho de viaje, ¿eh? y que aquí llevo mi maleta, por si os queréis servir”.

Las aceras que tenemos no son prácticas: ese diseño en plan mosaico provoca ruídos innecesarios cuando hay ruedas de por medio, nos hace también ir más lentos, provoca tropezones de peatones cuando falta alguna pieza y, cuando llueve y alguna está medio suelta, te suele saltar ese chorrito de agua hasta el tobillo, tan agradable en invierno. Esta es la clásica, la de toda la vida, que aún se ve en muchas ciudades de nuestro país: un teclado perfecto para una buena maleta de ruedas. Creo que no exagero si digo que es quizás la más puñetera:

A mi parecen que están mejor enfocadas las que te encuentras en otras ciudades, son de asfalto también, pero elevadas, no a nivel de la vía por donde circulan los vehículos. Me parecen más fáciles de mantener, más silenciosas y mucho más resistentes (menos costes, seguramente). Al principio me parecían tristes, mimetizadas con el asfalto de la calle, pero con el tiempo he llegado a la conclusión de que son mucho más prácticas que las que gastamos aquí. Así son muchas de las aceras en París:

Me pregunto quién andará detrás de estos diseños urbanos tan acertados. Sería un placer conocerle y pedirle su opinión sobre aceras, bolardos y rotondas.

Fotos de Felixucomartin y Nicolasnova.

El día 31 de diciembre, cuando todos estemos preparándonos para comer las uvas, partirán desde el Puerto de Barcelona un puñado de locos con la intención de circunnavegar el globo: se llama la Barcelona World Race. En cada embarcación tan sólo habrá espacio para 2 personas a bordo: os podeis imaginar perfectamente cómo tendrán el culo de pelado los que pilotarán semejantes cacharros. He visto unas cuantas bios y se echa uno a temblar… Se han pateado los famosos Cuarenta rugientes como quien baja a por pan.

Pero no vamos a hablar de vela, sino de cómo están diseñados esos yates, que ayudarán a los copatrones a llegar a buen puerto. La preparación de semejante embarcación me parece un perfecto ejemplo no sólo de coordinación entre equipos multidisciplinares para llegar a una óptima solución final, sino también de diseño centrado en la actividad.

La parte más vital de un barco de este tipo reside en la denominada “bañera”. Es aquí donde los navegantes pasan mayoría del tiempo (para que os hagáis una idea, el tiempo para dormir bajo cubierta es tan sólo de unas 3h.). A la hora de diseñar dicho espacio el feedback proporcionado por los pilotos es crítico: cada uno adapta su bañera a cómo desarrollará su actividad, en función de un contexto muy cambiante a lo largo de los 2 meses que dura la competición. De esta forma, cada bañera sale de una forma diferente, pero exclusivamente adaptada a los que llevarán la embarcación.

Esta es la bañera del Virbac-Paprec 3, de Jean-Pierre Dick:

Y esta la del Grupo Bel, de Kito de Pavant:

No hay nada vital para el buen funcionamiento de la embarcación a más de un paso de distancia… Todo estudiado hasta el último detalle: postura, alcance, frecuencia de uso, fuerza…

Viendo este espacio tan pequeño, pero tan optimizado, no puedo evitar hacer comparaciones entre los servicios web de élite y otros servicios, que son chalupas, barcos de paseo. Aquí es donde reside la diferencia entre unos y otros: están los que se adaptan a las personas y a su actividad, y están los que no. A lo mejor precisamente por que no aplican estos conceptos básicos, de Ergonomía, que me atrevo a exportar al mundo digital sin ningún rigor científico:

  • Postura: cómo tu servicio se ofrece a los usuarios, transmitiendo disponibilidad, sencillez… Buen rollo.
  • Alcance: ¿lo que ofreces se identifica correctamente? ¿Está al alcance de la mano o es necesario pasar algún tiempo buscando para encontrarlo?
  • Frecuencia: cómo se adapta tu servicio en función del uso que van haciendo los que te usan.
  • Fuerza: el esfuerzo cognitivo que supone utilizar lo que ofreces. ¿Cuánto se tarda en entender de qué va tu servicio?

¿Qué está ocurriendo en el mercado? ¿Será que de repente nos estamos dando cuenta de que la población envejece a pasos de gigante y hay que preocuparse por este grupo? ¿O es simplemente que lo vintage mola? Me he topado con un par de noticias que hacen pensar sobre ello:

Lëkki es una empresa francesa que ha decidido volver a colocar en el mercado el legendario Nokia 3210, con más autonomía de batería y nuevos colores.
Hace unas semanas también se hablaba de esta compañía en los medios por haber relanzado al mercado el famoso StarTAC de Motorola.

La otra noticia viene de la mano de la compañía Orange, que en breve distribuirá teléfonos móviles en farmacias. Se trata de un dispositivo dirigido casi exclusivamente a mayores, tratando de cubrir ese segmento de población tan desatendido a nivel de usabilidad:

“El móvil cuenta con un diseño ligero, discreto e intuitivo, teclado con voz, pantalla grande y volumen ajustable. Además, este modelo Esencial de Orange ofrece las funcionalidades más demandadas por las personas mayores: llamadas, SMS, radio FM, linterna y botón de emergencia.

El botón de emergencia es la prestación más singular y diferencial de este modelo; una apuesta por la seguridad y la tranquilidad de las personas mayores y de sus familiares. En caso de necesidad, con sólo deslizar este botón se activará el modo emergencia alertando automáticamente, mediante llamadas y SMS, a los familiares y/o a los servicios de atención 112. Además, emitirá una fuerte alarma sonora que alertará al entorno próximo de la situación de emergencia.”

Se llama Esencial y tiene un precio de €39.

Creo que este tipo de noticias obligan a un ejercicio de reflexión sobre qué es lo que realmente necesitamos que nuestros dispositivos hagan.
Establecer esa frontera entre lo necesario y lo prescindible será uno de los grandes desafíos de esta nueva época donde nuestro querido teléfono es el gran protagonista.

Vía: Íñigo Flores y Gadgetos.

La cadena de restaurantes La Vaca Argentina, tiene una jugosa oferta para entrar en el exclusivo club de los “amigos de La Vaca”.

Para ello tienen a disposición de sus clientes un innovador formulario de inscripción que me tomado la libertad de fotografiar:

Varias dudas me surgen al ver semejante papelaco:

  • ¿Por qué utilizan una caja para cada letra? ¿Para que sea más sencillo digitalizar la información rellenada? Creo que lo dudo.
  • ¿No se dan cuenta de que la acción de escribir es algo fluído y natural? Pararse en cada caja para escribir una letra es como comerte una paella grano a grano.
  • ¿Qué pasa si escribo en minúsculas? ¿No quedará todo demasiado ortopédico? Ah no, espera. Que tengo unas instrucciones en vertical que me dicen que sólo se admiten mayúsculas…

Y es justamente viendo este tipo de cosas cuando entiendo por qué nos queda tanto por hacer para facilitar las cosas en Internet. Si no somos capaces de hacer sencillo algo en un simple papel (donde sólo hace falta un bolígrafo), qué puedes esperar si te lo encuentras en una pantalla, con botones, enlaces, mensajes de error…

Fail.

Si algún día un cliente me pide trabajar para crear una red social desde cero, prometo que lo primero que haré para inspirarme será marcarme un benchmarking de los de verdad: analizando la red 1.0 recorriéndome todos los baños de bares, facultades y bibliotecas de la ciudad. Todo un ejercicio de análisis dospuntocerista, tripuntocerista y designthinkero.

La mejor interfaz para una red social es un simple lienzo en blanco, y dejar que los usuarios hagan el resto. Ellos son los que mandan. Como en el wc de cualquier garito…

La foto es de un tal Talkingimo.