Me lo he pasado pipa viendo la charla del publicista Rory Sutherland, donde trata de demostrar cómo las mejores soluciones a los grandes problemas son muchas veces las más sencillas (y las más económicas de implementar). Entre geniales ejemplos, destaco su visión sobre cómo funciona a día de hoy nuestro mundo:

Rory lo borda demandando la creación de una nueva profesión para la que aún no encuentra nombre y que se atreve a llamar temporalmente como “Director de detalles”. Ya veréis por qué.

Son 12 minutos de nada. Y tienes subtítulos en cualquier idioma:

Gracias Jorge.

¿Os ha pasado alguna vez? Salir de casa con la típica maleta de ruedas y nada más pisar la acera empezar a escuchar ese traqueteo rueda/acera, que te hace pensar que igual estarías mejor caminando por el asfalto, para no llamar tanto la atención.

Yo no suelo gastarlas, pero cada vez que veo a alguien, sobre todo si es a primera hora de la mañana o bien tarde, pienso en el vecino que está descansando y que de repente se tiene que tragar esa bachata que monta el viajero que pasa bajo su portal. Con la maletita de ruedas. La faena no es sólo para el que descansa, sino para el que porta la maleta, que va diciendo a todo el mundo “eh, que me marcho de viaje, ¿eh? y que aquí llevo mi maleta, por si os queréis servir”.

Las aceras que tenemos no son prácticas: ese diseño en plan mosaico provoca ruídos innecesarios cuando hay ruedas de por medio, nos hace también ir más lentos, provoca tropezones de peatones cuando falta alguna pieza y, cuando llueve y alguna está medio suelta, te suele saltar ese chorrito de agua hasta el tobillo, tan agradable en invierno. Esta es la clásica, la de toda la vida, que aún se ve en muchas ciudades de nuestro país: un teclado perfecto para una buena maleta de ruedas. Creo que no exagero si digo que es quizás la más puñetera:

A mi parecen que están mejor enfocadas las que te encuentras en otras ciudades, son de asfalto también, pero elevadas, no a nivel de la vía por donde circulan los vehículos. Me parecen más fáciles de mantener, más silenciosas y mucho más resistentes (menos costes, seguramente). Al principio me parecían tristes, mimetizadas con el asfalto de la calle, pero con el tiempo he llegado a la conclusión de que son mucho más prácticas que las que gastamos aquí. Así son muchas de las aceras en París:

Me pregunto quién andará detrás de estos diseños urbanos tan acertados. Sería un placer conocerle y pedirle su opinión sobre aceras, bolardos y rotondas.

Fotos de Felixucomartin y Nicolasnova.

El otro día me sucedió una cosa curiosa: estaba en el centro de Madrid y me disponía a coger un taxi. Frente a mi había uno que estaba acabando un servicio parado en el carril Bus, el clásico Skoda. Por detrás venía otro en marcha, pero este era un Mercedes. No me lo pensé dos veces y alcé la mano, pero con la intención de coger el Mercedes, no el Skoda. El taxista del Skoda, viendo la maniobra, empezó a marcarse ráfagas con las luces insistentemente y a pitar, como diciendo (no sé si a mi o al conductor del Mercedes que ya estaba parado frente a mi) que él estaba primero, y que era ahí donde de debía montarme. Cada uno elige lo que paga, o al menos así debería ser.

Y fue en ese momento cuando me di cuenta de porqué le tengo tanta manía a los taxistas. Y creo que no exagero si hago extensible esa manía al resto de usuarios de taxis de Madrid. Y es que en el fondo la manía no es al taxista, sino al taxi…
Los taxis Skoda (y por extensión los SEAT Toledo y similares) de Madrid transmiten una imagen poco “glamourosa” de la ciudad. No apetece cogerlos, suele oler a rancio en su interior y siempre hay algún chirrido que sale de no sé dónde, dándote el coñazo durante el viaje. Cuando conduzco por la ciudad y tengo uno de estos frente a mi, presto atención extra, tratando de anticipar la maniobra sorpresa que suelen tener preparada. Son gente que suele estar subcontratada por un patrón que tiene una flota de varios vehículos. Y eso se nota en el servicio que ofrecen.

El conductor del Mercedes me cobró lo mismo que me habría cobrado el otro tipo. Pero además me ofreció un razonamiento obvio del porqué eligió ese modelo: los usuarios suelen decantarse por un Mercedes cuando ven venir varios a la vez libres. El taxista era consciente del coste superior en mantenimiento que tienen este tipo de vehículos, pero prefería ofrecer un servicio diferenciado, en el que el cliente estuviera a gusto y satisfecho, que se bajara contento. A lo mejor – decía él – gano un poco menos, pero quiero tener un coche a la altura del servicio que me gusta ofrecer.

Y al final pagan todos los del gremio, por desgracia. Pero la realidad es que los que tienen estos modelos de “taxi económico” transmiten una imagen de un servicio poco cuidado, que no está a la altura de lo que pagas. Habrá muchos que ofrezcan un servicio impecable, con el interior del coche niquelado, pero eso no es suficiente, y no lo es porque no se ve desde el exterior, a pie de calle, que es desde donde se coge el taxi…

Madrid debería apostar por otros modelos de taxi, que miren menos el mantenimiento del vehículo y primen más la experiencia de viajar en un taxi, por la capital de un país europeo (y aquí el Ayuntamiento debería aportar su granito de arena, claro). Quizás deberían existir incluso varios colores, acordes con el estado anímico de los clientes, ¿para eso sirven los colores, no? Creo que con la cantidad de letras, bandas y luces que un taxi porta, se podrían distinguir perfectamente aunque fueran de otro color. Seguro que nos alegrarían más la vida y a lo mejor harían más servicios.

En una ciudad la movilidad es prioridad #1, y Madrid debería ofrecer un servicio de taxis acorde con la imagen internacional que pretende transmitir. Que estos Skoda sean los taxis que mayormente se vean cuando uno llega desde el aeropuerto de Barajas, me parece que transmite una imagen poco positiva de la ciudad (sin mencionar las peloteras que se montan por “cazar” a los clientes, que eso es otra historia).

No les tenemos manía a los taxistas, les tenemos manía a la caspa que transmiten esos Skoda. O así lo veo yo…

La foto, de PepeZoom.

No tengo a mano la copa de champán, pero haceros una idea de que está ahí, refrescándome con las burbujas mientras entramos en este nuevo año.
En Seisdeagosto saludamos a 2011 con nuevas noticias y desafíos que muy pronto verán la luz.

Y aquí seguiremos, por supuesto, luchando por humanizar esa tecnología que tantas veces nos saca de quicio.

Va a ser maravilloso. Brindo por ello.

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Por cierto, que si sigues con ganas de leer, el del 2009 sigue disponible :)

La cadena de restaurantes La Vaca Argentina, tiene una jugosa oferta para entrar en el exclusivo club de los “amigos de La Vaca”.

Para ello tienen a disposición de sus clientes un innovador formulario de inscripción que me tomado la libertad de fotografiar:

Varias dudas me surgen al ver semejante papelaco:

  • ¿Por qué utilizan una caja para cada letra? ¿Para que sea más sencillo digitalizar la información rellenada? Creo que lo dudo.
  • ¿No se dan cuenta de que la acción de escribir es algo fluído y natural? Pararse en cada caja para escribir una letra es como comerte una paella grano a grano.
  • ¿Qué pasa si escribo en minúsculas? ¿No quedará todo demasiado ortopédico? Ah no, espera. Que tengo unas instrucciones en vertical que me dicen que sólo se admiten mayúsculas…

Y es justamente viendo este tipo de cosas cuando entiendo por qué nos queda tanto por hacer para facilitar las cosas en Internet. Si no somos capaces de hacer sencillo algo en un simple papel (donde sólo hace falta un bolígrafo), qué puedes esperar si te lo encuentras en una pantalla, con botones, enlaces, mensajes de error…

Fail.

Si algún día un cliente me pide trabajar para crear una red social desde cero, prometo que lo primero que haré para inspirarme será marcarme un benchmarking de los de verdad: analizando la red 1.0 recorriéndome todos los baños de bares, facultades y bibliotecas de la ciudad. Todo un ejercicio de análisis dospuntocerista, tripuntocerista y designthinkero.

La mejor interfaz para una red social es un simple lienzo en blanco, y dejar que los usuarios hagan el resto. Ellos son los que mandan. Como en el wc de cualquier garito…

La foto es de un tal Talkingimo.

Hace unos días, charlando con Carlos, director comercial de Idealista.com, me comentó una cita que desconocía, la que titula este post. Quizás muchos de vosotros hayáis oído hablar sobre ella, pero vi tan clara su aplicación a nuestra profesión que he decidido escribir sobre ello.

La historia empieza con un invidente, que mendigaba en los escalones de un edificio. Bajo sus pies, al lado del gorro que recogía las monedas, había un viejo cartón que decía: “Soy ciego, por favor ayúdenme”.

Un publicista que pasaba por ahí se paró un momento frente a él. Observó que dentro de ese gorro sólamente había un puñado de monedas. Dejó algunas más en su interior y, sin pedir permiso, cogió el cartón y escribió algo diferente en el reverso. Lo dejó en el mismo sitio.

Esa misma tarde el publicista volvió a pasar por el mismo sitio y observó que su gorro estaba lleno de billetes y monedas. El invidente reconoció sus pasos y le preguntó si era él que había escrito algo en su cartón. Simplemente tenía curiosidad por saber de qué se trataba.

El publicista fue muy breve: “Nada que no sea verdad. Simplemente escribí tu mensaje de forma diferente”. Sonrió y se marchó. El mensaje decía lo que comentábamos al principio: “Hoy es primavera, y no puedo verla”.

La capacidad de persuasión tan potente que puede tener un simple literal en tu interfaz es muchas veces pasada por alto. Un frase redactada de forma diferente puede multiplicar tus objetivos. Piénsate una y mil veces el copy que escoges para tu interfaz, desde las primeras propuestas. El copy también es interfaz.

Hasta los ciegos lo saben.

Actualización (vía @redinpeople): Vídeo que narra la historia de forma muy parecida (Historia de un letrero, YouTube 5:56min)

Cada vez que paso al lado de una parada de autobús me pregunto cómo es posible que el diseño de un producto aparentemente tan sencillo esté tan mal enfocado. Paradójicamente, lo que se supone que es su principal ventaja – la ausencia de la mampara en el lado que da al asfalto – es su principal error:

  • En días de lluvia no protege de las balsas de agua que los coches provocan cuando pasan al lado de la parada;
  • En días de excesivo calor tampoco. El asfalto acumula más calor que todo lo demás. Tampoco hay protección;
  • La apertura de dicha parada está hacia el lado más ruidoso. Cualquier actividad para matar el tiempo (léase hablar por teléfono) está limitada, puesto que la principal fuente de ruído la tienes frente a ti, en todo su esplendor;
  • La fila que se forma para acceder al vehículo, debido al diseño de la parada, se forma en el borde de la acera, con los riesgos que esto conlleva. Cuando lo más lógico y racional sería utilizar el espacio destinado a los peatones y no poner en riesgo su integridad. O sea, por detrás.

¿Solución? Quizás más sencilla de lo que parece, veamos… ¿Qué tal si la apertura de la parada se hace de espaldas al asfalto y se elimina uno de los laterales para poder acceder de forma fluída al interior del vehículo? Conseguiríamos:

  • Que en días de lluvia estemos potencialmente más aislados de las balsas de agua que cualquier vehículo pueda provocar;
  • Que en días de sol estemos también más protegidos del calor desprendido por el asfalto;
  • Que, mientras que esperamos el autobús tengamos más aislamiento, para poder matar el tiempo con una humilde llamada de teléfono, o poder escuchar el sonido que suelta el juego cutre de mi móvil (pero que me ayuda a pasar el mal rato);
  • Y que la fila de pasajeros se forme en un lado más seguro y no al borde de la acera.

La parada de autobús, a día de hoy, está diseñada para ayudar al conductor a “descargar y cargar” pasajeros, optimizando tiempo y recursos para la empresa de transportes y para el ayuntamiento (que supuestamente ahorra en atascos), pero no para lo más importante: que ese horrible tiempo de espera de los pasajeros sea, al menos, medianamente placentero. ¿Cómo no vamos a odiar esperar un autobús? ¿Pero a que no odiamos tanto esperar un tren? ¿Experiencias distintas, quizás?

¿Tanto cuesta observar un poco más y diseñar en función de dichas observaciones? Suma y sigue…

Cuando te ofrecen de postre flan en un restaurante, ¿qué suele ser lo primero que preguntas? Probablemente si es casero, si está hecho a mano, con cariño y tiempo o si es industrial, hecho de forma artificial, por máquinas. Cuando te llega, incluso agradeces esa forma desigual que tiene, dando a entender que efectivamente han sido manos humanas las que le han dado forma al dulce. De alguna manera preferimos lo que tiene pinta de estar hecho en casa, lo casero triunfa.

Y a veces pienso que en Internet pasa casi lo mismo.
Date una vuelta por el diseño de las empresas que más triunfan en Internet, verás: eBay, Google, Craiglist o hasta Amazon tienen un diseño sin grandes pretensiones visuales, todo muy enfocado a la funcionalidad. Soy capaz incluso de imaginarme discusiones alrededor del estilo de los enlaces, por ejemplo, y casi veo la conclusión a la que se llega: “Somos una compañía que se tiene que adaptar a todo el planeta, todo el mundo nos utiliza. Tenemos que asegurarnos de que cualquier persona sabe utilizar nuestros servicios sin problemas”.
Es casi como fabricar una silla (destinada a sentar a cuantos más humanos mejor): para que una silla cumpla correctamente su función esta debe adaptarse a las medidas antropométricas de la población general (que en Ergonomía estaría entre los percentiles 5 y 95).

Si estás planteándote un servicio web dirigido a un amplio sector de la población quizás deberías por lo menos recapacitar sobre este detalle. No todo el mundo es nativo digital ni tiene por qué conocer ciertos patrones que a priori deberían estar interiorizados. A veces esos efectos visuales que te llenan de satisfacción pueden llegar a ser un freno para los que usan tu servicio web. A nadie le gusta estropear algo bonito y puede llegar incluso a imponer cierto respeto tocar sobre algo atractivo cuando se es consciente de que no se tiene la experiencia necesaria: “Peligro, no tocar”.

El pasado fin de semana volvimos a Lisboa, una vez más. Estábamos con la duda de si tirar para Málaga, para Murcia para el Levante… Y al final, media hora antes de coger el coche, optamos por la opción que siempre está ahí, que más nos apetece. Montamos las tablas en el techo y nos hicimos los 600km que nos separan de esta ciudad de un tirón.

Al llegar, Elvis, un viejo y gran amigo, compañero de aventuras de cuando viví en esta ciudad, nos abrió la puerta de su acogedor apartamento en el barrio de Alcântara, justo bajo el puente 25 de Abril. Lo demás es casi obvio: soltar las cosas y salir a cogerle el pulso a esta ciudad.

Paseando con él nos enseñó las novedades de la zona, que no eran pocas. De entre todas ellas me llamó la atención una vieja y decrépita zona industrial que está siendo rejuvenecida por un inquieto gremio de profesionales del sector del diseño y la arquitectura: LXFactory (ojo, salta audio).

La historia de este espacio tiene, como no, la correspondiente capa vintage, tan oportuna en este concepto (y que traduzco como siempre, libremente):

“Fue en el año 1846 que la Compahia de Fiação e Tecidos Lisbonense, uno de los más importantes complejos fabriles de Lisboa, se instala en Alcântara. Este área industrial, de 23.000m2, fue en los años siguientes, ocupada por la Companhia Industrial de Portugal e Colónias, la tipográfica Anuário Comercial de Portugal y Gráfica Mirandela.

Un trozo de ciudad que durante años permaneció escondida es ahora devuelto a la ciudad bajo la forma de LXFactory. Una isla creativa, ocupada por empresas y profesionales de la industria, que también ha sido escenario de un amplio abanico de acontecimientos en las áreas de moda, publicidad, comunicación, multimedia, arte, arquitectura, música, etc. generando una dinamica que atrae a numerosos visitantes a descubrir nuevamente esta zona de Alcântara.

En LXF, a cada paso se vive el ambiente industrial. Una fábrica de experiencias donde se hace posible intervenir, pensar, producir, presentar ideas y productos en un lugar que es de todos, para todos”.

El espacio es enorme, con varias calles donde se mezclan tiendas, cafés, estudios de diseño, de arquitectura, de coworking, exposiciones y un largo etcétera. Lo más cachondo es que por la noche esa activa zona profesional también abre sus puertas, donde permanecen activos dos o tres bares + las exposiciones y eventos del momento, haciendo que de esta zona un mini Bairro Alto.

Lo que más me gusta de este espacio, el slogan: Alegria no trabalho. Una razón más que añado a mi larga lista de motivos por los que espero volver, más pronto que tarde, a instalarme en esta ciudad de juguete.