Facturas Movistar

Ese día empezó estupendamente: cielo limpio y despejado, una temperatura fresca y agradable, con la sensación de haber descansado y dispuesto a comenzar la jornada con toda la energía que uno tiene para sacar la empresa adelante, «hoy te comes el mundo, tío».

Pero la cosa se empezó a torcer justo en el momento en el que cogí el teléfono y apreté estas cuatro teclas: 1004.

Llevaba días con esa tarea pendiente: solicitar la factura online, o la «e-factura», como lo llaman en Movistar, tratando de imprimirle a algo tan sencillo como una factura, un toque fresco, cool y actual a la par que casposo-noventero. Tras numerosas tentativas a través de la web del «Canal Cliente de Movistar», aguantando errores 404, cargas de página eternas o mensajes sin sentido, perdí toda la esperanza en el momento en el que, intentando acceder a una determinada sección, me salta un mensaje de error con lo siguiente:

«No ha sido posible realizar su petición. Imposible solicitar su factura online. Entre en www.canalcliente.movistar.es y descubra todo lo que tenemos para ofrecerle».

Solté el ratón, me puse bien las gafas, me atusé la barba y dirigí la mirada hacia la parte superior del navegador, a la barra de dirección, para comprobar qué url era realmente la que estaba ahí escrita. Y efectivamente, www.canalcliente.movistar.es. Pues eso, que perdí toda la esperanza, hasta la última gota.

«Voy a intentar resolverlo por teléfono».

Cuando uno toma esta decisión y coge el teléfono para hacer una gestión de este tipo, sabiendo que existe la posibilidad de realizarla por el canal web, de forma autónoma y sin ayuda de nadie, uno se siente de inútil, pazguato. Y quizás esa sensación de inferioridad, unida a la baja calidad del servicio, hacen que sólo con pensar que necesitas llamar a ese servicio te sientas deprimido, un lúser. Mientras pulsaba esas cuatro teclas ya empecé a incomodarme, pensando en quién se pondría al otro lado de la línea y cómo andaría de cubicaje profesional. Hablé con varias personas, colgué y volví a llamar varias veces, con la esperanza de encontrar otro tono y otra respuesta. Lo estándar era que todo se encontraba en la página web, pero ese era precisamente mi problema, que lo que buscaba no se encontraba en la famosa página web.

Una chica me derrumbó, literalmente. «¿Y qué navegador utiliza usted?». Pensando que Chrome sería algo de otro planeta simplemente respondí que «Firefox», pero así, como suena: Fire-Fox, para evitar maletendidos y erratas. «Un momentito por favograsias». Minutos más tarde, con la consulta resuelta, la chica me indica que «Don Juan lo siento, pero sólo soportamos sistemas operativos Windows o XP». Hubo una ligera pausa, tratando de asimilar la mandanga que me acababa de soltar: «Perooo… Señorita, eso que usted me dice no es ningún navegador». «Aha, pero sólo puede acceder por ahí», me dijo ella muy segura. La verdad es que llegados a este punto la mejor opción hubiera sido dar las gracias y colgar el teléfono, pero me atreví a continuar, desafiando el profundo conocimiento de soporte del Canal Cliente Movistar.

Traté de explicarle de forma sencilla la diferencia entre navegador y sistema operativo, en algo menos de 30 segundos. Y, tras preguntarle si lo había entendido, me espeta «pruebe con el Google», no «Gúguel», «Goo. Gle», pero tal y como. «Señorita, me está diciendo que para resolver el problema que tengo para descargarme las facturas tengo que irme a Google?». «Google es un buscador que también le puede valer. Y también Explorer». De repente la vista se me nubló, y empezaron a surgir relaciones inconexas entre palabras como navegador, e-facturas, sistema operativo, buscador y decidí darme por vencido. Lentamente me separé del teléfono, mirando cómo se alejaba, casi que escuchaba ecos de risas, y gente de call haciendo llamadas de fondo. Apreté el botón colgar.

El día había cambiado, había perdido ese brillo en los ojos que hora y media antes saltaba por delante de mis gafas.

Y hoy, humillado por la primera empresa del país, sobrevivo como soldado de fortuna, con la esperanza de vivir el día en el que encuentre a algún amigo informático dentro de Movistar y me permita poder descagarme esas facturas.

Canal Cliente de Movistar para Empresas, no lo olviden, a su servicio 24×7.

Impresora

«Un momentito y le doy un recibo, ¿de acuerdo?». El responsable del taller donde me dispongo a dejar la Vespa para que le hagan una revisión como es debido no empieza bien la semana. Es lunes a primera hora y el hombre ya va bastante apurado, como que llega tarde a todo. Tiene unos 55 palos y da un poco la sensación como de que el puesto se le queda grande, la verdad.

Minutos antes, el mecánico, un zagal joven y bien dispuesto, me sugiere que le cambie también el tubo de escape, que no debería andar mucho más con eso así. «Te tendríamos que pedir uno nuevo, pero para eso tienes que dejarnos una señal, porque ya nos ha pasado lo de pedir piezas y que luego el cliente no aparezca… Déjasela al responsable, que está ahí en la ofi». Saco mi billete de 10 eurinchis, que es lo que me pide como seña, y pongo rumbo a la pecera, a la oficinilla, donde está este hombre a mil cosas a la vez.

Pues eso, que «un momentito y le doy un recibo, ¿de acuerdo?». Y tras un sonoro manporrazo sobre el Enter del teclado la impresora que está detrás de mi empieza a rugir como si fuera a levantar el vuelo. A los pocos segundos empiezo a notar que suelta hojas. Yo pongo la mano sobre el respaldo de la silla, apoyándome para prácticamente levantarme, intuyendo que el documento está fresco y listo. Pero estás equivocado, Juan. Aquí te queda un ratín más…

«La madre que parió a la puñetera impresora» – suelta en voz alta, pero como si fuera para sus adentros -, «lleva desde el viernes soltando hojas que no son». Y mientras dice esto empieza a darle a varias teclas de la impresora a la vez, y la bicha sigue escupiendo hojas como si no hubiera mañana, pasando del pobre hombre, que ya empieza a gotear sudor por la frente.

Vuelve a sentarse frente a mi, tenso, mirando a la pantalla y cogiendo el ratón lleno de mugre antes de sentarse. «Un segundillo, que esta a veces se pone tonta y no sabe ni lo que hace», «no se preocupe -le digo- le entiendo perfectamente». Y suelta una sonrisilla cómplice, pero sin mirarme, atentísimo al monitor del ordenador. Suena el Enter otra vez y aquello empieza a rugir nuevamente. La silla de ruedas golpea sobre el pladur de la ofi y en segundos está frente a la impresora otra vez. Yo ya me giro para ver qué suelta esta vez ese infame aparato, intuyendo lo peor.

«Joder, es que no me hace ni caso…». En ese momento entra un nuevo cliente, y desde fuera de la pecera se empieza a hacer una idea de lo que pasa ahí dentro. Han pasado ya diez minutos desde que puse el billete encima de la mesa.

Pasa otro rato, el tiempo que tarda en medio ordenar las hojas que la impresora ha soltado, cargar la bandeja con folios nuevos y apretar alguna tecla más, vuelve al ordenador para volver a intentarlo, pero yo me pongo de pie. «Mire -le digo- no me hace falta el recibo, nos fiamos el uno del otro, ¿vale? Apúntelo con boli junto a los datos que tiene sobre mi en su agenda y ya está». «¿Lo siento, eh? Es que a veces uno no sabe qué hacer con estos trastos», me dice entre apurado y liberado, más esto último. Le sonrío, me levanto y le doy los buenos días.

Y me largué.

Sin el recibito.